lunes, 18 de enero de 2016

El perro que quería ser gato, en otras palabras: yo.

Noto abejas en la memoria, me pican los recuerdos.
Pero sarna con gusto no pica, ¿no?
yo, definitivamente, soy un perro sarnoso
de estos que portan golpes en la mirada,
que huelen a abandono en gasolinera
y tienen corazón de trompeta de Louis Armstrong.
 
 
Un perro de los que envidia en secreto a los gatos callejeros,
libres como el jazz,
pero no tristes como el jazz.
Capaces de salvarse la vida en cualquier bolsa de basura
porque les basta con cuatro espinas de pescado
y no sufren la decepción de las espinas de rosa,
del amor de segunda mano.
 
 
Un perro que desea odiar el agua -como los gatos- por lo que moja
y no por lo que hace pensar en formato lluvia
Perro débil que necesita de un vagabundo con acordeón
que se apiade de él,
para compartir mundo, o al menos calle, o al menos música
para hacer del primero un lugar menos difícil y solo.