Recuerdo la sensación al ver un cartel de circo en la ciudad cuando era niña. Era magnífico, sublime, apoteósico, era un "por favor por favor mamá" automático en mi cabeza y posteriormente hacia sus oídos. Por supuesto, ella decía siempre que no. (¡Gracias!)
Entonces, yo creía que los circos venían de un sitio diferente; como de otro planeta habitado también por Peter Pan, las palomitas y todos esos ingredientes fascinantes de la infancia.
No sé cuántos carteles circenses empapelaron muros y puentes ni cuántas veces llovió o tuvieron que pegar encima otros, publicitarios o ideológicos, para que se borraran sus restos. Tampoco sé cuántas decepciones tuve que sentir para crecer y comprender que, en ocasiones, en lugar de magia y risa los circos son sinónimo de miseria y animales encerrados en jaulas.
No he venido a hablar de tigres encerrados en jaulas milimétricas. Hablo del cambio de expectativas, de sueños y concepción de realidad.
Creo que tú eras ese circo, y que donde yo creí poder sentir magia como una niña, en realidad jugaba el papel de tigre oprimido al oír los aplausos, hipnotizado por un momento, como sin recordar que puede impresionar solo con un rugido, que no necesita atravesar aros de plástico ni dar la patita. Que no necesita domesticarse. Como sin recordar que dormirá en una jaula.
Tal vez sí he venido a hablar de tigres encerrados en jaulas milimétricas... o de personas que se sienten vacías acompañadas en camas de 90 centímetros, que es lo mismo.