domingo, 1 de febrero de 2015

Parte uno de la estúpida forma de empezar todo

Le pedí que me construyese una máquina del tiempo. No se negó. Tampoco fue un asentimiento claro, lo único que hizo y tan a su manera fue pedirme el material.
El trato era justo, equitativo. Yo le proporcionaba el material y él le daba sentido. De hecho, el mío parecía el trabajo fácil: poner los naipes y dejar que él corriera el riesgo de elaborar un castillo tan frágil como las hojas -¿De un cuaderno o de un árbol? ¿Cuáles son más perennes?-. Pero era un trato en el que yo siempre perdía. ¿Descodificar los ingredientes del tiempo sin conocimiento alguno de física cuántica? Pero me convencí de que un soñador no contaba con ese tipo de impedimentos. Así que un día le di un trébol, arena y un trozo de mi destino en forma de promesa. Y en ese mismo instante no quise retroceder o avanzar en el tiempo.
Solo pararlo.

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