sábado, 13 de diciembre de 2014

La magia ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

He estado intentando discernir si la magia se acaba o es que deja de hacer su efecto. Lo cierto es que empiezo a desgastarme de escuchar cómo cuando un vínculo se quiebra la solución es echarle la culpa a la magia y dictaminar su destrucción. Como un niño que descubre que no existen los Reyes Magos y pasa a odiar la Navidad.
Cobarde el que decide terminar con la excusa de que se acabó la magia y no se atreve a confesar que la magia ya no causa efecto.

Un viejo whiskey.
De tanto beberse se volvió rutina y ya no emborracha.
¿Acaso deja de ser alcohol?
 
Maldigo a esas personas que deciden torturar sonrisas rompiendo la botella, culpándola. Llegará otro borracho a una barra cualquiera, o alguien que necesite olvidar. Pedirá un whiskey. Tal vez olvidar que ha dejado de creer en la magia. Tal vez olvidar que ya no es un borracho.
Llegará Diciembre y con este otro niño pequeño dispuesto a escribir su carta a los Reyes. Y aquel adulto que un día sintió odio por la Navidad recorrerá todos los centros comerciales para encontrar el juguete que ese niño desea.

Y es que la magia es equiparable a la materia: ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Hoy la ves en una risa y mañana se te escapa indecisa hasta unas caderas temblorosas. Pero esa risa envolverá a otro imbécil, y esas caderas derrumbarán a un enamorado. No termina. Simplemente baila por la noche con cada miembro de la lista de invitados por accidente al escenario de la vida.

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