No es coherente
construir una estatua de la libertad. Como si la libertad fuera algo estático y
de material fabricable y tangible. Como si la libertad constituyese una parada
del viaje, algo fotografiable, y no el camino en sí mismo. Un momento concreto de
puro éxtasis instantáneo que inmortalizar, y no el elemento que nos hace
infinitamente inmortales.
Se me ocurre otro
tipo de monumento, no sé; tal vez una noria. Pero de repente me castigo por
este pensamiento. La libertad no es algo rotativo o rutinario, me digo. Además,
si la libertad fuese una noria sería colonizada: alguien pagaría por congelar
el engranaje y mantenerse siempre en el punto más alto y con acceso a las
mejores vistas, mientras que los de abajo tendrían que resignarse. Y así es
como nosotros organizamos el mundo, no como es la libertad. La libertad no es
un capital ni es algo a lo que fijar un porcentaje de impuestos.
Sin embargo, lo
cierto es que solo puedo hablar de la libertad a la inversa.
Podría intentarlo...
Decir que
La libertad es
sentir de repente un conjunto de incendios provocados, y comprender que todas y
cada una de las anteriores bocanadas de aire habían sido tristes simulacros
protocolarios de colegio. Que es como tener un corazón colmena y en la cabeza
un niño infantil que juega con la rama de un árbol a revolucionar el avispero.
Notar un campo de minas a cada paso, y bailar claqué. Atraer rayos de
tormentas. Ser vaho adherido a un cristal después del sexo, contaminado, y
morir en forma de gota (libre!) para luego emprender una travesía hacia las
nubes. Exprimir y disfrutar la imaginación que ofrece una habitación a oscuras,
o la soledad. Sumergirse sin dudarlo, descubrir qué esconde un iceberg. Chocar,
ser Titanic. ¿Por qué no? Ser cometa o el poeta Halley de Love of Lesbian.
Convertirse en el último meteorito que acabó con los dinosaurios, final de
guerra y principio de paz mortífera.
En fin, podría
intentarlo...
Pero no.
Love of lesbian-El poeta Halley
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