"Prohibido darle la espalda al mar", le dije.
Pero toda norma se establece para un valiente que encuentre una razón para saltársela. O para un cobarde que descubra en la excepción que confirma la regla que siempre ha necesitado ese "ahora o nunca".
Le susurré mi propia norma para ignorarla tres segundos y medio después, al encontrar no una sino dos razones. Y es que prefiero darle la espalda al mar que a sus dos ojos. Y comprendí así que no podría existir el equilibrio... Pues cuando él se enfrentase al mar yo me enfrentaría a su mirada. Y no es que no pueda considerarse equilibrio... Es que el simple contacto de su iris, pendiente de mis puntos cardinales y mis puntos débiles, provoca el hepicentro del mayor balanceo de comisuras y certezas. Un desastre natural en cada poro de mi piel.
Iván Ferreiro-El equilibrio es imposible
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